Apuntes de Corea (del Sur, mamá) – Entrega 1

Esta entrada se la dedico al  verano de 2010 porque fue increíble. En marzo de ese año nació mi primer sobrino, el primer hijo de mi hermana y nieto de mi madre ¡menuda alegría! Babas por doquier, mías por supuesto, y de toda la familia allá donde el niño fuera. Verlo crecer, desde que llegó al mundo con sus ojitos azules medio abiertos, era (y sigue siendo) uno de los regalos más bonitos que nos ha hecho la vida; es un amor. Precisamente ese primer verano de mi sobrino, hicimos un viaje a más de 10.000 kilómetros de El Perelló, que es donde suelo estar en vacaciones. A Samuel lo invitaron a dar clases en la Universidad Nacional de Chonbuk, situada en la ciudad de Jeonju, al ladito de Sueca también, vamos.

El caso es que allá que nos fuimos los dos y, cómo no, aprovechamos para hacer un recorrido por la península y visitar todo lo que pudiéramos: Jeonju, Mokpo, la isla de Jeju (el Hawaii coreano) y Seúl fueron nuestros destinos, por ese orden. Durante la visita, fui escribiendo mis impresiones, cada varios días, y se las enviaba a mis amigos, a los padres de Samuel, a mi madre etc. Hoy me he encontrado esos correos buscando otra cosa, que nada tenía que ver,  y se me ha ocurrido que igual era buena idea compartirlos aquí, por si  blogueros viajeros o curiosos de la cultura oriental querían echarles una ojeada.

Ésta es la primera entrega de mis apuntes de Corea (del Sur, mamá), porque cuando le dije que nos íbamos allí lo primero que me contestó fue que cómo nos iban a dejar entrar, o peor ¡salir!, si aquello era una dictadura.

Espero que os gusten. A mí me ha encantado releerlos porque rememoro todo al detalle. Pero ¡cómo se olvidan las cosas en tan poco tiempo!

Junio de 2010

Han pasado casi veinticuatro horas desde que llegamos y aún no nos hemos acostumbrado a nada. Es todo tan diferente (y eso que estuvimos en Japón), pero es que es otro mundo, de verdad.

Nada más llegar nos alquilamos un móvil coreano (aquí es bastante normal alquilar móviles, en vez de comprarlos) para estar comunicados, porque los españoles no funcionan directamente. Así, pudimos contactar con el profesor que invitó a Samuel a dar clases en la Universidad de Chonbuk y también podremos estar conectados nosotros. Cuando Samuel esté en la universidad y yo me vaya por ahí, luego me llama desde una cabina para quedar. Los coreanos, fuera de la universidad, hablan cero inglés y los que lo hacen es ininteligible.  Encima el coreano es un idioma imposible, y para decir hola o gracias te tienes que aprender un chorizo que cuando te acuerdas el camarero ya se ha ido. Con lo cual, aunque lo intentes, siempre pareces maleducado.

Por lo demás, hace un calor húmedo que asfixia, aunque refresca por la noche, y la primera ciudad, Jeonju (en la que estamos hasta el jueves), está llena de contrastes; sobre todo por lo rápido que se pasa de la pulcritud a la porquería, por no decir alguna palabra malsonante. Estamos alojados en la residencia de la Universidad, donde todo está muy limpio pero huele a rancio, y la colchita de la cama, de flores rosas, no nos atrevemos a tocarla ni con un palo. Las calles no tienen una sola acera, sólo hay Hyundais y Kias y se ven millones de comercios de colores y carteles manga que no sabes ni lo que venden, pero entrarías en todos. En eso se parece a Japón, que te crees tú que venden helados y luego es un burdel.

¿Vendrán helados o cuerpos?

¿Venderán helados o cuerpos?

Ayer por la tarde, después de la paliza del viaje, nos fuimos al Hanok (barrio antiguo de casas tradicionales coreanas) y nos fascinó.

Vistas de la ciudad desde el Hanok (barrio antiguo)

Vistas de la ciudad desde el Hanok (barrio antiguo)

Cenamos allí en una de las casas que parecen mini templos y nos sirvieron lo que les dió la gana en unos mini platitos que ocupaban toda la mesa, unos 55 contamos en total. Era todo de colorines, precioso, decorados, pero nos gustaron tres, creo. Resulta que nada estaba lo suficiente malo como para no comértelo, pero no lo suficientemente bueno como para repetir, así que probabas un poco de cada uno y cuando llegabas al 50 decías ¿y ahora?.  Al final acabamos comiendo algas con arroz, el sustituto del pan en España, vamos. Lo divertido fue que había una mesa de 30 coreanos -imaginad la cantidad de platitos que les sirvieron a ellos- cenando en la sala de al lado y les pregunté si podía hacer una foto a su grupo; total que uno de ellos, encantado de la vida, se puso a bendecirla o algo así (lo deduje por su tono y la atención que le prestaban los demás), y luego todos se pusieron a brindar con -lo que luego nos enteramos que era- un licor de jengibre parecido al orujo, pero mucho más suave. El maestro de ceremonias, chispado por el calor de la bebida, se nos unió a la mesa, nos invitó al licor, y nos hizo probar también un vino de arroz muy lechoso, denso y dulce que nos bebimos por educación aguantando a duras penas las arcadas. Era tan bonico el hombre, ¡y además hablaba inglés! Luego resultó ser un profesor de la misma Universidad, y que conocía al otro profesor que ha invitado a Samuel. Total que nos hemos dado los teléfonos coreanos para vernos hoy en la charla, a la que quiere asistir.

Parte de nuestros 55 platitos

Parte de nuestros 55 platitos

Los 30 coreanos y sus 1000 platitos

Los 30 coreanos y sus 1000 platitos

Después de la cena nos sacaron una bebida de canela que se quedó enterita en la mesa y nos vinimos a la residencia a descansar. El caso es que con el cambio horario nos acostamos a las 21 y a las 3 del matí ya estábamos con ojos como platos: Samuel viendo la fórmula 1 y yo mirando el correo en el ordenador.

Continuará…

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“Eso es un destarifo, María”

Toda la vida escuchando esta palabra en boca de mi madre cada dos minutos…  había de ser ella la que diera nombre a mi ansiado, y ya querido, blog.  Tanto la una (la palabra destarifo) como la otra (mi madre), se merecen un pedestal, y por eso he querido homenajearlas a las dos, aquí y ahora ¡Os quiero!

Pero, ¿qué es un destarifo? Para empezar, es un término valenciano muy utilizado en nuestros pueblos, o por lo menos en los que yo más conozco: Sueca y El Perelló. No está en la RAE ni saldrá de la boca de nadie que no haya vivido unos cuantos años en “la terreta”, aunque hay por aquí algún granadino adoptado que la emplea habitualmente ya en su vocabulario. Me encanta utilizarla, y a menudo hasta abuso de ella, pobrecita, la tengo machacadita… pero es que ¡es tan graciosa! Bueno, no mareo más, un destarifo es algo fuera de lo normal: alocado, descabellado, a veces irracional y otras absurdo; casi siempre descabezado, algunas incoherente y muchas otras desordenado, probablemente irreflexivo y seguro que  la mayoría disparatado, extravagante e insensato. Si observamos bien la palabra, descubriremos fácilmente de dónde viene. Tarifar equivaldría en castellano a aplicar una tarifa a algo, calcular su valor, y es una palabra heredada del árabe andalusí; si le añadimos el prefijo negativo des-, lo que hacemos es darle a la palabra una connotación muy precisa. A saber, cuando los precios de las mercancías se salían de lo normal, por elevados, se decía en valenciano que eran absurdos, exagerados o destarifados. Así pues, se trata de un término lleno de ironía al que tengo un cariño muy, muy especial.

Destarifados podrían ser una idea, una acción, un hecho, una persona o un comentario. Claros ejemplos de su significado, son las interminables colas que hay en las tiendas de Tous o de Nespresso ¿disculpppppp? eso para mí, señoras y señores, es un auténtico destarifo, y jamás emplearía un minuto de mi tiempo en ellas, ¡que venden café (1) y joyas (2), por favor, no boletos  premiados de lotería! Por otra parte, también hay personas destarifadas, claro. Yo conozco unas cuantas, entre las que me incluyo, pues todos y todas hemos tenido un momento, etapa o situación en la que, para sufrimiento de nuestros padres, nos hemos destarifado. Podríamos decir: “En mi adolescencia, yo estaba bastante destarifada”, lo que equivaldría a rebelde, alocada, insurgente, desobediente o rebotada.

Un destarifo que recuerdo con ternura, es haber bajado con mi hermana mayor a la heladería del pueblo de El Perelló (y que todos allí conocemos como “la Jijo”) en pijama. Era veranito, y no le veíamos mucha diferencia a ir en pijama o camiseta y pantalón a la calle en una época del año, además, en la cual todas las mujeres vamos en bragas y sujetador acuáticos (o sea biquini) a la playa. Pero fue un destarifo, y nos reímos muchísimo, como lo fue también el día que mi padre bajó a comprar al mercado con el delantal puesto (era muy despistado y olvidó quitárselo) y unos zuecos de madera, modelo farmacéutico, tintados en negro. Es fundamental que el destarifo en cuestión te haga, al menos, sonreír, porque ya sea vestido de verbo, adjetivo, nombre o adverbio,  trae a la memoria una idea alocada y muy local de nuestra tierra.

Da verdadero gusto usar este concepto y a mí, en particular, me recuerda a la imagen más tierna de mi madre, así que no he podido encontrar mejor título para mis aventuras blogueras. Por cierto, el primer destarifo del blog es mi foto de fallera embarazada de 8 meses (por Fran de Sousa). Cuanto más la veo, más destarifada me parece esta imagen.

(1) Caro

(2) Horteras y caras