¡Me parto!

Parir en un hospital público es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar. 

Pensaba reservar este rincón de expresión ocasional sobre todo a mis viajes porque me encanta visitar lugares nuevos. Pero no, desde hace un tiempo (unos treinta y seis años) me vienen tantas experiencias a la cabeza y un impulso brutal de escribirlas que no puedo evitarlo más. Así que os voy a hablar de mi segundo parto y de cómo nuestro sistema público de sanidad, adorable en muchos sentidos, es todavía precario en este otro y fundamental: acompañar a la parejas en el momento más bonito de sus vidas, el nacimiento de un hijo. Un momento único e irrepetible que algunos protocolos y profesionales pueden convertir en momentos “tra” (*). Ojalá no os pase. Nunca.

Nosotros, ilusos, llegamos convencidos de que en este hospital público (cuyo nombre omitiré porque no es relevante) nos iban a tratar genial. En atención primaria las matronas hablaban muy bien del servicio en paritorios y conocimos a algunas profesionales en charlas previas al parto que nos dieron muchísima confianza y ganas de que llegara el momento ¡queríamos que llegara el día ya! Pero Julia se retrasó lo máximo posible, como su hermano. La última vez que la vimos por ecografía, la ginecóloga comentó que estaba súper a gusto allí dentro: calentita, con manduca a domicilio, con su mamá, sin ruidos, sin contaminación alguna ni mals de cap. Pues bien, era la semana 41+2 (fecha casi límite en un embarazo normal para que te lo provoquen) y un domingo 20 de marzo a las 6 de la mañana Julia empezó a interesarse por lo que pasaba fuera de su paraíso terrenal. Las contracciones empezaron suaves, como una ligera presión en la zona del bajo vientre un tanto placenteras. Rápidamente movimos hilos para que mi madre se quedara con Alfredito y nos quedamos en casa solos con Tack (nuestro perro), relajándonos y haciendo ejercicios con la pelota de Pilates, andando por la casa, charlando, escuchando música y repasando el Plan de Parto. Las contracciones cada vez eran más molestas y la frecuencia aumentaba así que la cosa prometía, ¡Julia llegaba, qué ganas! Luces de neón, purpurina, confeti y bolas de discoteca pasaban por nuestras mentes en las horas previas y la verdad es que lo mejor fue la fase de dilatación en casa ¡qué paz y tranquilidad! Sobre las 1:00 de la madrugada la cosa ya estaba caliente, caliente, las oleadas de dolor llegaban cada tres minutos y eran intensas, tanto que yo no podía ni hablar ni andar ni hacer otra cosa que no fuera concentrarme en ellas y en respirar ¡RESPIRAR! sí. Eso que hacemos inconscientemente veinticuatro horas y que en el momento del parto es tan esencial (y siempre, pero aquí más).

Antes de llegar al garaje paramos hasta tres veces para sobrellevarlas y cuando llegamos al hospital parábamos en los pasillos de urgencias para que pasaran con la menor molestia posible. Y todo empezó. Estábamos en un bombo inmenso de lotería con un numerito, sacamos el 21 de marzo a las 1:30 y eso fue lo que nos tocó en urgencias de paritorios: un auxiliar que no dejó entrar a Samuel conmigo a la primera exploración con la gine y que lo tuvo cuarenta y cinco minutos en la sala de espera mientras yo pasaba sola lo mío allí dentro; una ginecóloga residente con empatía cero que ni se presentó ni me habló por mi nombre ni me explicó nada, pero que sí me dejó sola y desnuda agarrada a un taburete en el suelo pasando una contracción y una matrona adjunta directamente inhumana que espero, parejas embarazadas de Valencia, no os topéis jamás.

Ahora sí que prometía, pero prometía ser un desastre. Y aún así no lo consiguieron, porque a pesar de todos los impedimentos que la bruja, digo matrona, nos puso; de los obstáculos de palabra, obra y omisión que nos regaló en la segunda noche más mágica de nuestras vidas, lo logramos. Julia llegó sana a pesar del enorme chichón que le provocó la ventosa, ya lacta estupendamente a pesar de la disfunción maxilofacial que sufrió por el parto medicalizado, yo ya no tengo grietas con heridas y sangre en los pezones consecuencia de dicha disfunción, ni se me notan ya los cuatro pinchazos en la espalda de una epidural que solo me hizo efecto en medio cuerpo, y por suerte ya puedo sentarme y levantarme sin llorar por el dolor de los puntos de la episiotomía que me hizo la ginecóloga residente (la cual no ha cosido un botón en su vida, según Samuel). Además, pienso que ya casi no me quedan secuelas psicológicas porque tenemos una mente maravillosa que elimina lo desagradable y destaca lo bueno y positivo y solo veo su carita buscándome aquella noche a las 6:45 de la mañana, entre luces de hospital y batas blancas. Cuando me quedé sola con ella y Samuel y me la puse encima sin ropa estábamos solo nosotros tres, yo ya no veía a ninguna matrona ni enfermera, ni mucho menos recordaba lo horriblemente mal que nos habían tratado aquella noche. Era nuestro momento y teníamos derecho a disfrutarlo. Después de todo llegó la paz.

 

Bienvenida a nuestro mundo, Julia Gaspara. Como ves, estará lleno de impedimentos y personas que te lo pondrán muy difícil para llegar a tus metas, de tropiezos y caídas, de soledad y también de sufrimiento y dolor… pero también de instantes mágicos que te traerán gran felicidad y amor incondicional. Y solo por esos momentos únicos e irrepetibles habrá valido la pena vivir. Escoge lo bueno, lo mágico y lo bonito para ti y aprende de lo duro y doloroso; rodéate de personas que te quieran y deseen tu bienestar, como nosotros te amamos, y no dejes que nada ni nadie impida tus instantes de felicidad.

Queremos agradecer a la matrona residente y a la ginecóloga adjunta su apoyo y comprensión, ya que fueron las dos únicas personas que mostraron interés por nuestro parto y nos ayudaron a vivirlo más positivamente. Gracias a ellas sabemos que también hay profesionales maravillosas, una pena que la residente no pintara lo que hubiéramos querido y que la ginecóloga adjunta llegará diez minutos antes de que naciera Julia.

(*) Trámites y traumas

 

 

Apuntes de Corea (del Sur, mamá) 5 y fin del viaje

Como todo, este viaje llega a su fin. No nos ha llegado a entrar el síndrome de la cuerda del pozo (cuando echas tanto de menos tu casa que ya sólo quieres volver), pero hay que reconocer que estamos destruidos de patear y nuestros estómagos piden jamón y tortilla de patatas.
Seúl es alucinante, creo que a los dos nos ha gustado más que Tokio porque además de modernidad, tecnología, súper edificios y millones de asiáticos, esta ciudad tiene muchísimos palacios de las antiguas dinastías, historia y verde, mucho verde.
Ayer visitamos un mercado local -donde éramos los únicos occidentales- y vendían de todo: telas de mil colores, ropa, comida, accesorios, trajes de boda “Hanbok” (que es el típico vestido tradicional con el que se casan la mayoría  de coreanas) y un larguísimo etcétera. No abarcábamos tanta información visual ni podíamos registrar la cantidad de olores que se mezclaban a nuestro alrededor. Las mujeres cocinaban todo tipo de frituras de pescado tipo tempura, una especie de tortitas hechas con pasta de soja -en vez de huevo- rellenas de verduras, morcillas raras enormes, fideos… y en fin, todo un mundo de sabores desconocido para nuestros paladares europeos de cuchillo y tenedor. Estaba lleno de coreanos comiendo sin parar y, aunque acabábamos de salir de un restaurante bastante llenos, nos apetecía sentarnos a probarlo todo. Fue toda una experiencia porque no nos esperábamos que el mercado fuera a ser así. Las guías tienen razón cuando dicen que en los mercados de Seúl se podría vestir y alimentar a toda Corea ¡es que es todo enorme! y ellos diez millones de habitantes en una sola ciudad, claro.
Después de los mercados nos fuimos a ver el atardecer a la Seoul Tower, a la que se sube en telecabina y donde hay unas vistas increíbles de la ciudad. Alrededor de la torre hay un parque natural y se puede subir y bajar andando pero ya estábamos muy cansados y decidimos subir en taxi -una de las muchas modalidades de taxi que hay- el cual nos costó menos que la bajada de bandera en Valencia.

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Entrada al mercado (una de ellas)

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Miles de pescados

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Vendedores

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Tubérculos extraños

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Tortillas de soja ¡deliciosas!

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“Ambientaso”

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Un traje coreano para Samuel ;D

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Mercado de Seúl

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Moda Pop coreana

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Lo queremos TODO

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Frutas para la marcha

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Entre gigantes

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Cemento y verde

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Estos puestecitos son de lo mejor

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Pescadito de colores entre monstruos

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Mensajes en Seoul Tower

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Vistas desde arriba de la torre

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Viendo atardecer

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Atardecer en Seúl ¡ohhhhhh!

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Más  atardecer

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Candados de amor arriba de la torre

Salimos ya de noche y nos fuimos a una zona que en la guía pone que es así muy moderna para la gente joven de Seúl. Llegamos y era un poco el barrio del Carmen de Seúl con tiendas muy bien decoradas, ropa de diseño y, curiosamente, y al revés que en España ¡muy buenos precios! ¡Albricias! yo como loca de tienda en tienda y el pobre Samuel como casi no había ropa para chico (y odia ir de tiendas, todo sea dicho), se fue a comprarse una salchicha a un puestecillo. Bueno, en realidad solo compré un par de regalitos y para mí, eso sí, una bolsa con una muñeca muy graciosa con dos chapitas y una alfombrilla para el ratón también de una niña tipo japo con gafas. Y ahhhhhhhhhhhhhh Samuel me regaló un traje chulísimo, estilo coreano, que además aunque era de diseño estaba a buen precio, ya lo veréis. Por cierto, en los puestos ambulantes de comida hay que pedirlo todo con un hilo de picante, la salchichita que se compró Samuel estaba bañada una vez en una salsa pegajosa que picaba como el infierno (le caían gotas por la frente, imaginad) y los que estaban detrás de nosotros en la cola, que eran coreanos, les ponía 3 o 4 capas de la misma salsa, una barbaridad. Yo creo que es parte de su secreto de eterna juventud, el picante debe de estirarles la piel o algo.

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De tiendas en El Carmen de Seúl ¡me has pillado!

Y ahora he de reconocer una cosa,  después de 15 días comiendo especialidades coreanas (entre ellas babosas de mar) vimos un barecito con terraza y nos sentamos a cenar unas hamburguesas con patatas más occidentales que las del Mc Donald’s, pero caseras, eso sí. Nos las zampamos encantados con nuestra Bud Weiser (la cerveza coreana es regulera y sus vinos de arroz peores), y no me arrepiento lo más mínimo. Salimos rodando del sitio, pero para completar la cena americana nos comimos de postre unos “Super Chunk”, que son unos helados de cucurucho que venden -tipo los de Frigo-, enorme, de chocolate con  trozos verdaderos y que deben de tener entre dos y tres millones de calorías tirando por lo bajo, y por bocado, claro.

Esa noche era la primera vez que dormíamos en nuestra mini casa tradicional coreana -te lo venden como tal y luego es un zulo sin luz, pero felices-, porque el primer día nos acostamos a las 6 de la mañana viendo el partido del mundial Corea-Nigeria en una súper pantalla de la plaza del ayuntamiento (creo que por eso Samuel me hizo el regalo unos días más tarde… jeje). Pero estuvo genial para ser un partido de fútbol, había muchísimo ambiente -con más de medio millón de coreanos de entre 20 y 40 años, imaginaos- pero lo que más me impactó, y esto es muy importante para el avance de un país, fueron los váteres portátiles. Sí, es increíble que en una plaza con tantísima gente hubiera unos baños tan maravillosos, limpios y sin colas para mujeres -que eso es impensable en España-, con papel incluso y en los que te podías sentar. Muy fuerte, impactante. Esta experiencia ha cambiado mi vida, de hecho fui tres veces en las cuatro horas que estuvimos y en ninguna hice ni un minuto de cola. No doy crédito al adelanto que nos llevan los coreanos. ¿Por qué somos tan poco respetuosos y cochinos?

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Partido de Corea del Sur del mundial

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Entre fans de los Daehan Min’guk ;D (diablos rojos)

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Oeeeeeeeeeeeeeee (pero perdieron^^)

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Despliegue en la plaza del ayuntamiento

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Después del partido, paseo

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Marcando nuestros viajes

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Despertando Seúl

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Amanecer

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Ya de día seguimos con más turismo

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Contrastes

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Templos

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En plena ciudad te encuentras bellezas así

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Tiendas por todas partes

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Calle de Seúl

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Rascacielos

Así es Seúl. Me dejo mil cosas por contar  pero Samuel me mira todo guapo y duchadito, afeitado, con la maleta hecha y yo ni he empezado, upps. Así que lo demás os lo contaremos en persona ¡muchos besos!

Queso y Sam, Corea 2010

Queso y Sam, Corea 2010

Apuntes de Corea (del Sur, mamá) – Entrega 4

Tras este insignificante receso de seis meses (lo sé, me ha dado tiempo casi a dar a luz otro hijo pero es lo que hay), vuelvo cargada de historias curiosas sobre nuestro fantástico viaje a Corea (del Sur, mamá).

De modo que… la aventura continúa:

Ya pasó nuestra última noche en Mokpo. Después de una excursión con la panda de matemáticos topólogos (que no topógrafos con los que yo confundí un día y menudo drama, señores), Samuel acabó sus jornadas de ciencia, muy satisfecho, y nos convertimos en una pareja más de turistas occidentales. Nos costó mucho despedirnos de Han -el profesor coreano-, Alexander -el letón con Parkinson que se empeñaba en comer con palillos-, Joseph -el checo al que ya os imitaré en persona, aunque a Alicia Martí siempre le saldrá mejor- y de algunos otros que se fueron sumando. La verdad es que les cogimos cariño a todos y esperamos volver a verles en España (donde están ya más que invitados), o en próximos congresos.

Cartel de una de las charlas de Samuel

Cartel de una de las charlas de Samuel, con su correspondiente errata

De mi amigo coreano, KIM KYUNG WOON, no me pude despedir y le dejé un regalito en nuestro hotel para que lo recogiera por lo bien que se había portado conmigo. Espero que le guste, era un libro para aprender español con cintas de casete (es muy fuerte, sí, pero aquí aún las usan, ejemplo de que tienen mucha tecnología pero… todo es FALOMIR*). A ver si  este chico se anima y sale de su país que es bueno ver otras cosas.

Tras un tren, un avión y un taxi llegamos a nuestro siguiente destino: la isla de Jeju o el Hawaii coreano, como es mundialmente conocida, y única provincia autónoma del gobierno de Corea del Sur. En el centro de la isla está el volcán Jalasan, justo en medio de un parque natural, aunque lamentablemente nunca lo vimos más que en las fotos de los carteles porque el clima no nos lo permitió. La primera noche nos mandaron a un motel tal, que el que visitamos en Er-Rachidía (el lugar más mugriento de Marruecos) era un Hilton a su lado, no digo más. Como curiosidad comentaré que había un cepillo para uso de los clientes con una cabellera incluida bastante negrita. Eso sí, aparte de la mostosidad de la habitación, las sábanas amarillentas, los pelos, preservativos añejos y olores, la habitación estaba dotada de una supertele de plasma Samsung y de un ordenador con Internet. ¿Sería un burdel? ¿lo entendéis? nosotros tampoco, por eso salimos en busca de otro hotel por el pueblo perdido de la isla y como no había más que clones del anterior cogimos un taxi y nos largamos de allí a otro pueblo (menos mal que los taxis son bastante baratos en Corea). Al señor del motel le costó soltar la pasta que le habíamos pagado de antemano, pero después de decirle mi frase de la guía de conversación en coreano con firmeza y cara de perro repetidamente, nos la devolvió : -Lo siento, nos vamos de aquí ya. ¡Devuélvanos el dinero, por favor!  돈 을 우리 제발 다시 한번 !

Así unas 10 veces y funcionó. La frase estaba así tal cual en la guía ¡en serio! creo que la pusieron por estos moteles, de hecho. Llamamos a otro hotel de la guía más caro y en otro pueblo (30.000 wons la noche, o sea 20 euros los dos, así que muy barato) y se arregló la cosa, menos mal. Pero por la mañana se estropeó con el tiempo y a pesar de salir del hotel cargaditos con nuestras toallas, bañadores y cremas solares no salieron de la bolsa en todo el día. Ah sí, las toallas para taparnos con ellas del frío que teníamos porque hizo un día horrible: niebla, gris y una sensación hasta de depresión. La isla parecía el purgatorio -o la imagen que yo tengo del mismo-; vamos, una maravilla.

Samuel llega a la cima para no ver NADA, ni rastro del Jalasan ^_^

Samuel llega a la cima para no ver NADA, ni rastro del Jalasan ^_^

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Samuel y su salchicha de tofu

Intentamos subir a un cráter que hay al lado del mar muy famoso por sus vistas y arriba no se veía a más de medio metro de la niebla que había. Fatal. Cogimos un taxi y nos fuimos a una playa a cambiar de aires, era chulísima si hubiera hecho buen día, pero aún así nos gustó verla. Luego nos fuimos a unos túneles que hizo la lava hace mil años bajo tierra -donde usamos las toallas, por fin- muy interesantes, la verdad. Al final había una columna de lava de más de siete metros, la más grande del mundo.

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Columna de lava de 7 metros

Más tarde acabamos en la ciudad más grande de la isla, Jeju city, no había mucho que hacer con el tiempo que hacía y pensamos en dar una vuelta por allí. Maldita la decisión, no solo era fea sino que encima no había un alma, el mapa era un lío y nos perdimos mil veces. Jungon-ro, Sunhik-ro,  Junning-ro, todas las calles iguales, la gente que encontramos cero de ayuda y nosotros muertos de cansancio y de desilusión. Nos habíamos hecho tantas expectativas con la isla… Pero bueno, después volvimos al hotel, nos comimos unos noodles y, descansados , pensamos que si al día siguiente salía igual nos íbamos a Seúl un día antes.

Noodles en el hotel al final del día

Noodles en el hotel al final del día

Ese día era hoy y ha salido un poco mejor, por lo menos veíamos una isla desde la habitación que el día anterior no estaba. Así que nos hemos ido a la playa de Jungmung que ha resultado ser la bomba,  parecía la de “Perdidos”, aquí tenéis algunas fotos.

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Súper playa de algas

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Coreanas recogiendo algas en sacos

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Playón de “Perdidos”

 

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A punto de biquini y todo

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Impresionante la naturaleza de la playa

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Más vistas

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Sonrisas ¡qué buen día!

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Ñam ñam ¡algas como las de los restaurantes!

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Paseo entre algas y neblina

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¡Gran día de playas y neblina!

Por allí iban todas las parejas de recién casados coreanos con la misma camiseta -van de parejitas con camisetas de perritos, polos rositas etc.- y algún que otro guiri americano o ruso. Nos hemos recorrido la playa de arriba a abajo, nos hemos tumbado en las toallas y casi nos bañamos y todo. Después el tiempo ha cambiado y ya no hacía calor, y nos hemos ido a otra playa chulísima donde las mujeres coreanas (que Samuel llama alcayatas porque van encorvadísimas, las pobres) recogen algas en sacos para comer, suponemos. Luego ya hemos echado la tarde de autobús en autobús para volver. Es un rollo moverse sin coche propio, la verdad, qué mala pata no haber sabido lo del carnet internacional y no poder alquilar, fallo nuestro.
Luego hemos cogido las maletas y hemos venido a Jeju city a dormir para estar cerca del aeropuerto porque mañana volamos a Séul a las 9 de la mañana. Samuel esta noche se va a levantar a las 3.30 de la mañana a ver el partido de España así que… ¡os dejo que nos vamos a dormir!

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Cansados de mirar en la guía y que no sirva de nada… ¿Dónde estaba Yelp? xD

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Jeju city nos impactó por fea

Ahhhhhh, y por fin hoy hemos comido cerdo.  Pensaba que me iba a volver triángulo de arroz con atún ;D

(*) FALOMIR: conocida marca de juguetes valenciana que desde que tengo uso de razón copia a conciencia todos los juguetes de MB cambiando los nombres. Ejemplos: “Hundir los Barcos” (copia de “Hundir la Flota” de toda la vida), “Superpoly” (hermano  gemelo del “Monopoly”), “Cuál es cuál” (idéntico al “Quién es Quién”, y encima le faltan las tildes en la escritura de la caja). Bueno, esta expresión de “ser Falomir” la acuñamos en mi casa mi hermana mayor y yo en los años 90 para referirnos a alguna cosa que es una copia, mentira o falsa, de manera indistinta. Ya es parte de mi vocabulario habitual y no he de explicarla en muchos círculos de mi entorno porque todos me entienden.

Apuntes de Corea (del Sur, mamá) – Entrega 3

¡Annyo seyo (hola) a todos de nuevo!

Esta mañana hemos dejado Jeonju para venir a Mokpo, una ciudad de pescadores situada al suroeste de la península coreana.

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Ciudad portuaria “a manta”.  Mokpo olía a pescado hasta encerrada (yo) en el baño de la residencia de la universidad, a 19km del mar.

Del viaje en coche -nos han traído los coreanos de la universidad a todo el grupo en sus Kias y Hyundais- os puedo contar poco, porque me he hecho una ‘caboleta’ (siesta con rotura de cuello) al más puro estilo Marruecos y me he sobado dos horas.  Samuel ídem, por cierto. Habrá sido culpa del ‘abundante’ desayuno coreano que nos llena el estómago cada mañana a base de algas y arroz. Nada más llegar a la universidad  (que está a 19 km de la ciudad o a un tiro de piedra) nos han llevado, sin bajar siquiera las maletas, a comernos el lunch. Me ahorro el número de platos pero todo tenía muy buena pinta y a Samuel le ha encantado casi todo. La mala pata es que eran las doce de la mañana y no he podido comerme el filete de cerdo en salsa con arroz, algas, nabos picantes, ensaladas, noodles con verduras y un largo etcétera. A la próxima me lo pienso comer sea la hora que sea y tenga o no hambre, porque hasta las 20.00h no he podido probar bocado.

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Almuerzo a las 12:00h. Mejor comer, nunca se sabe cuándo va a ser la próxima.

De la comida nos han llevado a una sala a ver el horario de las charlas y yo, disimuladamente, he ido a buscar a uno de los organizadores coreanos para preguntarle cómo ir a la ciudad, si en avión, tren, o directamente en concorde. Al final, por primera vez, yo he sido ‘encalomada’ a dos estudiantes para que me llevaran a la ciudad. Ellos, muy sonrientes y sin decir ni hello en inglés, me han invitado a subir en su… ¡muy bien! en su Kia rojo y me han dejado, igual de risueños que han salido, en un lugar de la ciudad cerca del mar. Allí me he quedado con mi mochilita, mi guía y los 40 grados, eso sí, haciéndome compañía cada segundo. Pero soy una chica con suerte y, después de otear un poco la zona, he visto una Tourist Info a 50 metros justo al otro lado de la calle. Mi suerte no era tanta cuando he visto que estaba cerrada, así que me he quedado mirando el típico mapa de la ciudad con colorines y un círculo rojo que dice: Usted está aquí. Al rato ya iba directa a perderme por la ciudad cuando me gritan desde el otro lado de la calle: -Annyio seyo! gammando’ seyo! Y yo: – ¿quéeeeeeeeeeeeee? Y me veo a un coreano de entre 100 y 157 años, sin dientes -ni ojos-, emocionado porque una turista había tocado a su puerta desde los albores del siglo XII. Yo, igual de emocionada, le digo que sí que, por favor, quería información de la ciudad. Total, que me da un mapa de Mokpo y me dice:  -Ok?? I nooo speak english, only corean, japanese and chinese, but you veeeeeeeery beautiful!!! Y yo: Kop ma su nida (gracias) y bye-bye! ¿Se puede ser más bonico y extraño a la vez?

Ya tenía un mapa de la ciudad -aunque en la guía de Corea también había uno-  detallado y con colorines y todo. Mi intuición me llevó a una montañita al lado del mar donde he encontrado unas rocas muy chulas, erosionadas por el mar y el viento año tras año y que tenían formas muy curiosas, como de Mr. Potato con sombrero, más o menos. He paseado por allí, con la humedad y el calor, y al volver de la montaña por donde había venido ¿a quién me encuentro? ¡a Kim Wang Jung! Uno de los estudiantes que me había traído a la ciudad un par de horas antes que regresaba a su casa. Muy agradable, el chico se ha ofrecido a llevarme donde quisiera y ya puestos me he lanzado en plancha a su Kia, más pensando en el aire acondicionado que en ir a ningún sitio. Como no nos entendíamos mucho, o más bien nada, le he señalado en el súper mapa de mi amigo milenario el Fishmarket para que me llevara. Por su cara de asco y cómo gesticulaba, supongo que intentaba decirme que olía mal, pero él no sabe lo entrenada que estoy después de Egipto y Marruecos, así que me he empeñado asintiendo enérgicamente y lo he conseguido ¡ueeeeeee!

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Mi amigo Kim Wang Jung, un poco más tímido y me habla a los pies. Lo mío me ha costado sacarlo en una foto en semejante pose.

No me arrepiento para nada porque ha sido una experiencia única, pero después de ver a los pescadores en los barcos, las mujeres tejiendo redes con las manos y el mercado de pescado, no puedo decir más que la Corea del Sur de Samsung, LG, Hyundai y Kia es sólo eso, una parte de la península. Pero en absoluto es la única realidad porque os digo que las condiciones de vida de estas personas y lo que reflejaban sus caras no eran precisamente el uso de las últimas tecnologías en telecomunicaciones y electrónica y empleaban los mismos utensilios de pesca, probablemente, que en cualquier pueblo marinero de España; no de ahora sino de hace cincuenta años por lo menos (esta vez sin exagerar ni un pelo).

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Disimulando que iba a vomitar todo el arroz y las algas del viaje por el olor a pescado, pero feliz de saber que no todo es Samsung y LG en Corea del Sur. Me gustó tanto que volví con Samuel al día siguiente. 

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Mokpo en estado puro.

Mi amigo coreano, a pesar de no ser un libro abierto en inglés, ha resultado ser muy expresivo y simpático y me ha hecho un auténtico tour por toda la ciudad. Al final de la tarde me ha dejado en la zona así más comercial de la ciudad y se ha ido con sus amigos. Yo, encantada me he quedado dando vueltas en busca de “Todo a 1.000.000 de wones” para comprar cositas de regalo, chorradas y tal, que es lo que a mí me gusta. Entonces me ha llamado Samuel para decirme que iban ya hacia el restaurante a cenar y yo me he cogido mi taxi, con mi papelito escrito en coreano y la dirección a la que había que ir, y me he plantado allí. Lo malo es que he llegado casi una hora antes porque se han perdido ellos viniendo, pero me he sentado en el quicio de la puerta del chino donde íbamos a cenar y he abierto mis ojitos de europea para no perder detalle de lo que pasaba por delante de ellos. Después hemos cenado, -nada que ver con los chinos de España, por cierto- la cosa ha empezado mal pero ha acabado muy bien, porque los cuatro últimos platos me los he zampado y me han sabido a cielo con nubes blancas y sol de primavera con flores de loto. De los primeros no puedo decir lo mismo porque… ¡nos han servido babosa en salsa! y Samuel se la ha comido como un rey, estoy alucinada y admiro su valentía. Pero es que le ha gustado y todo, admirable este señor.

En fin, y después de llenar el buche por primera vez en el día, a las 21:00h he dado un paseo con el letón por el puerto mientras Samuel veía perder a Corea del Sur 4-1 frente a Argentina en el mundial. Y en la próxima entrada más Corea.

Apuntes de Corea (del Sur, mamá) – Entrega 2

Disculpad la demora de dos años y cinco meses (ay, mare ¡qué destarifo de blog!), pero no estaba muerto. Es más, de cara al domingo de Resurrección ¡ha vuelto a la vida! Pero es que me cuesta encontrar el momento del día para respirar, así que la dedicación a este pequeño rincón de destarifos se me queda escaso, muy escaso.  Pero ahora todo eso va a cambiar porque me he destarifado (aún más), y quiero dedicarle tiempo a una de las cosas que me hacen feliz: escribir sobre lo que me da la gana.

Y aquí estoy con la segunda entrega de mis apuntes de Corea del Sur. Espero que os resulten útiles, o al menos curiosos.

Junio de 2010 – Jeonju 

Ayer por la mañana conocimos a Han, el profesor que ha invitado a Samuel a venir a dar clases a la Chonbuk National University. Nos pareció un chico muy amable,  de unos 35 años, tímido y bien vestido. Días después supimos que en realidad tenía 50, pero es que los coreanos se conservan estupendamente. Algo tendrá que ver su alimentación y su alergia al sol, digo yo. Se quedó alucinado cuando le dimos las dos botellas de Rioja, los paquetes de jamón serrano y el lomo embuchado que le trajimos. Hacía muchas reverencias y sonreía de lóbulo a lóbulo de las orejas.

Después del suculento desayuno a base de arroz blanco, carne en salsa picante, encurtidos varios, pescado y nabo -del que tomé dos panecillos y sandía, y Samuel varias cosas por identificar-, Han nos ofreció un tour por el campus universitario  en su Hyundai. Luego supimos por qué íbamos en coche y no andando. Y claro, nos tuvimos que tragar el paseíto a les nou del matí, sonrientes y sin que se nos notaran los dos días sin dormir. A la excursión se unieron otros dos profesores invitados que Samuel ya conocía de otros congresos, y a mí hasta me sonaban: un checo de 56 años, bastante simpático para ser checo, por cierto, y un letón muy mayor, con Parkinson avanzado y aspecto desaliñado, que era encantador.

La visita al campus fue en coche porque no podía ser de otra manera, es una ciudad tal cual.  De hecho, se suponía que iba a durar una hora y acabamos a las 13:00, reventados de subir y bajar al coche 2.599 veces y de entrar y salir de los 23.678 edificios. Todo esto acompañado de una temperatura de 40 grados y una  humedad del 99 por cien, por lo menos. Entonces, fuimos a comprar algo rápido de comer al supermercado de la ciudad-campus, y cada uno hizo un poco de marcha hasta las 14:30h, que Samuel tenía que dar sus clases.

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Samuel hablando de métricas fuzzy a los coreanos. Un tema que me apasiona.

Ellos se encerraron en sus habitaciones respectivas (a pensar fórmulas suponemos), mientras  Samuel y yo aprovechamos la escasa hora y media para irnos disparados en taxi al barrio antiguo y dar un paseo por allí. No nos dio tiempo de mucho, vimos un mercadillo de comida -que ríete tú de los olores de Marruecos- donde para espantar las moscas del pescado tenían una especie de ventiladores con palillos largos (todo un detalle). Luego callejeamos por el Hanok (barrio de casas tradicionales coreanas) hasta que encontramos un templo con sombra para sentarnos a comer nuestros sandwiches de alga y arroz. Están buenísimos, por cierto, los venden por 500.000 wones (o sea 60 cts de euro) en todas partes y hay de mil rellenos, entre ellos uno picante que si te toca… mejor tener un litro de agua cerca, o mueres. Tras el ágape, Samuel cogió otro taxi (son súper baratos, 2 millones de wones hasta la universidad que está en la otra punta, o sea 2 euros y medio) y yo me quedé a pasar la tarde por el centro de Jeonju.

Primero subí a la montaña para ver un templo que ponía en la guía y alucinad con lo que me encontré: una comisaría de policía en medio del monte, ahí entre los templos.

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Allí estaban todos los polis a la fresca, bajo los árboles o sentados dentro del templo, jugando a una especie de ajedrez con letras coreanas. Para flipar. Creo que es más probable que comamos perro en este viaje que que pase algo en esta ciudad. ¿De verdad se dejan los coches en marcha con las llaves puestas, las bicis por ahí sin candar y alquilan móviles? Otro mundo. Total, que después de las vistas del barrio desde la montaña y hacer unas fotitos, me fui a buscar unas calles que dice la guía que hay que visitar:

-La Wedding Street o ㅜㅗㄹ우처ㅗ층나 , donde los coreanos compran todo lo que necesitan para casarse en una sola calle. Hay trajes de novia, tiendas solo de anillos, agencias de viaje, fotógrafos… Una risa, la verdad.

-La Film Street o ㅠ초ㅑ츄ㅝㅇㄴ춘, llena de teatros, cines, tiendas de pelis y una especie de hoteles muy raros donde se supone que vas a ver una peli y la alquilas por horas (sí, es muy raro y a saber lo que hacen ahí dentro).

-La Youth Street o ㅠ초ㅓ댜츕;츕ㅊㅂ, que es un barrio entero de tiendas de ropa, zapatos, móviles, accesorios, comida y chorradas, sobre todo chorradas -y lo que más me gustaba a mí- . Pues  en plan llaveritos, colgantitos para el móvil de 45.000 clases, muñequitos, pegatinas, bolis de nubecitas…todo muy, muy POP ;D

Bueno, el caso es que pasé la tarde muy bien por allí paseando y sin perderme ni un detalle.
Luego volví en taxi a la universidad y fuimos a cenar con la panda de la que os he hablado. Fue muy gracioso, porque Han pronuncia bastante mal el inglés y nos decía: –Do you like dok? dok?

Y yo: –We are not very used to eat dog but if it’s the specialty from Jeonju. Y él se moría de risa: -No, no no dog. Dok! O sea duck (pato).

Total que de nuevo nos sacaron 46.987 millones de platitos, y pato.

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Después de cenar ya dimos un paseo por el barrio de las tiendas y Samuel y yo nos hicimos pegatinas con nuestras caras -le obligué al pobre- y las decoramos con las máquinas rollo manga (como las que había en Japón que me encantan,) y luego nos fuimos a dormir.

La tercera en breve, antes de dos años. ¡Lo prometo!

Apuntes de Corea (del Sur, mamá) – Entrega 1

 

Esta entrada se la dedico al  verano de 2010 porque fue increíble. En marzo de ese año nació mi primer sobrino, el primer hijo de mi hermana y nieto de mi madre ¡menuda alegría! Babas por doquier, mías por supuesto, y de toda la familia allá donde el niño fuera. Verlo crecer, desde que llegó al mundo con sus ojitos azules medio abiertos, era (y sigue siendo) uno de los regalos más bonitos que nos ha hecho la vida; es un amor. Precisamente ese primer verano de mi sobrino, hicimos un viaje a más de 10.000 kilómetros de El Perelló, que es donde suelo estar en vacaciones. A Samuel le invitaron a dar clases en la Universidad Nacional de Chonbuk, situada en la ciudad de Jeonju. Al ladito de Sueca también vamos.

 

El caso es que allá que nos fuimos los dos y, cómo no, aprovechamos para hacer un recorrido por la península y visitar todo lo que pudiéramos: Jeonju, Mokpo, la isla de Jeju (el Hawaii coreano) y Seúl, fueron nuestros destinos por ese orden. Durante la visita fui escribiendo mis impresiones cada varios días y se las enviaba a mis amigos, a los padres de Samuel, a mi madre etc. Hoy me he encontrado esos correos buscando otra cosa, que nada tenía que ver,  y se me ha ocurrido que igual era buena idea compartirlos aquí, por si  blogueros viajeros o curiosos de la cultura oriental querían echarles una ojeada.

Esta es la primera entrega de mis apuntes de Corea (del Sur, mamá), porque cuando le dije que nos íbamos allí lo primero que me contestó fue que cómo nos iban a dejar entrar, o peor ¡salir!, si aquello era una dictadura. Espero que os gusten. A mí me ha encantado releerlos porque rememoro todo al detalle. ¡Pero cómo se olvidan las cosas en tan poco tiempo!

Junio de 2010

Han pasado casi veinticuatro horas desde que llegamos y aún no nos hemos acostumbrado a nada. Es todo tan diferente (y eso que estuvimos en Japón), pero es que es otro mundo, de verdad. Nada más llegar nos alquilamos un móvil coreano (aquí es bastante normal alquilar móviles, en vez de comprarlos) para estar comunicados, porque los españoles no funcionan directamente. Así, pudimos contactar con el profesor que invitó a Samuel a dar clases en la Universidad de Chonbuk y también es una manera de estar conectados nosotros. Cuando Samuel esté en la universidad y yo me vaya por ahí, luego me llama desde una cabina para quedar y listo. Los coreanos, fuera de la universidad, hablan cero inglés y los que lo hacen es ininteligible.  Encima el coreano es un idioma imposible, y para decir hola o gracias te tienes que aprender un chorizo que cuando te acuerdas el camarero ya se ha ido. Con lo cual, aunque lo intentes, siempre pareces maleducado.

Por lo demás, hace un calor húmedo que asfixia, aunque refresca por la noche, y la primera ciudad, Jeonju (en la que estamos hasta el jueves), está llena de contrastes; sobre todo por lo rápido que se pasa de la pulcritud a la porquería, por no decir alguna palabra malsonante. Estamos alojados en la residencia de la universidad donde todo está muy limpio, pero huele a rancio y la colchita de la cama, de flores rosas, no nos atrevemos a tocarla ni con un palo. Las calles no tienen una sola acera, solo hay Hyundais y Kias y se ven millones de comercios de colores y carteles manga que no sabes ni lo que venden, pero entrarías en todos. En eso se parece a Japón, que te crees tú que venden helados y luego es un burdel.

¿Vendrán helados o cuerpos?

¿Venderán helados o cuerpos?

Ayer por la tarde, después de la paliza del viaje, nos fuimos al Hanok (barrio antiguo de casas tradicionales coreanas) y nos fascinó.

Vistas de la ciudad desde el Hanok (barrio antiguo)

Vistas de la ciudad desde el Hanok (barrio antiguo)

Cenamos allí en una de las casas que parecen mini templos y nos sirvieron lo que les dió la gana en unos mini platitos que ocupaban toda la mesa, unos 55 contamos en total. Era todo de colorines, precioso, decorados, pero nos gustaron tres, creo. Resulta que nada estaba lo suficiente malo como para no comértelo, pero no lo suficientemente bueno como para repetir, así que probabas un poco de cada uno y cuando llegabas al 50 decías ¿y ahora?.  Al final acabamos comiendo algas con arroz, el sustituto del pan en España, vamos. Lo divertido fue que había una mesa de 30 coreanos -imaginad la cantidad de platitos que les sirvieron a ellos- cenando en la sala de al lado y les pregunté si podía hacer una foto a su grupo; total que uno de ellos, encantado de la vida, se puso a bendecirla o algo así (lo deduje por su tono y la atención que le prestaban los demás), y luego todos se pusieron a brindar con -lo que luego nos enteramos que era- un licor de jengibre parecido al orujo, pero mucho más suave. El maestro de ceremonias, chispado por el calor de la bebida, se nos unió a la mesa, nos invitó al licor, y nos hizo probar también un vino de arroz muy lechoso, denso y dulce que nos bebimos por educación aguantando a duras penas las arcadas. Era tan bonico el hombre, ¡y además hablaba inglés! Luego resultó ser un profesor de la misma Universidad, y que conocía al otro profesor que ha invitado a Samuel. Total que nos hemos dado los teléfonos coreanos para vernos hoy en la charla, a la que quiere asistir.

Parte de nuestros 55 platitos

Parte de nuestros 55 platitos

Los 30 coreanos y sus 1000 platitos

Los 30 coreanos y sus 1000 platitos

Después de la cena nos sacaron una bebida de canela que se quedó enterita en la mesa y nos vinimos a la residencia a descansar. El caso es que con el cambio horario nos acostamos a las 21 y a las 3 del matí ya estábamos con ojos como platos: Samuel viendo la fórmula 1 y yo mirando el correo en el ordenador.

Continuará…

 

“Eso es un destarifo, María”

Toda la vida escuchando esta palabra en boca de mi madre cada dos minutos…  había de ser ella la que diera nombre a mi ansiado, y ya querido, blog.  Tanto la una (la palabra destarifo) como la otra (mi madre), se merecen un pedestal, y por eso he querido homenajearlas a las dos, aquí y ahora. ¡Os quiero!

Pero, ¿qué es un destarifo? Para empezar, es un término valenciano muy utilizado en nuestros pueblos, o por lo menos en los que yo más conozco: Sueca y El Perelló. No está en la RAE ni saldrá de la boca de nadie que no haya vivido unos cuantos años en “la terreta”, aunque hay por aquí algún granadino adoptado que la emplea habitualmente ya en su vocabulario. Me encanta utilizarla, y a menudo hasta abuso de ella, pobrecita, la tengo machacadita… pero es que ¡es tan graciosa! Bueno, no mareo más, un destarifo es algo fuera de lo normal: alocado, descabellado, a veces irracional y otras absurdo; casi siempre descabezado, algunas incoherente y muchas otras desordenado, probablemente irreflexivo y seguro que  la mayoría disparatado, extravagante e insensato. Si observamos bien la palabra, descubriremos fácilmente de dónde viene. Tarifar equivaldría en castellano a aplicar una tarifa a algo, calcular su valor, y es una palabra heredada del árabe andalusí; si le añadimos el prefijo negativo des-, lo que hacemos es darle a la palabra una connotación muy precisa. A saber, cuando los precios de las mercancías se salían de lo normal, por elevados, se decía en valenciano que eran absurdos, exagerados o destarifados. Así pues, se trata de un término lleno de ironía al que tengo un cariño muy, muy especial.

Destarifados podrían ser una idea, una acción, un hecho, una persona o un comentario. Claros ejemplos de su significado, son las interminables colas que hay en las tiendas de Tous o de Nespresso ¿disculpppppp? eso para mí, señoras y señores, es un auténtico destarifo, y jamás emplearía un minuto de mi tiempo en ellas, ¡que venden café (1) y joyas (2), por favor, no boletos  premiados de lotería! Por otra parte, también hay personas destarifadas, claro. Yo conozco unas cuantas, entre las que me incluyo, pues todos y todas hemos tenido un momento, etapa o situación en la que, para sufrimiento de nuestros padres, nos hemos destarifado. Podríamos decir: “En mi adolescencia, yo estaba bastante destarifada”, lo que equivaldría a rebelde, alocada, insurgente, desobediente o rebotada.

Un destarifo que recuerdo con ternura, es haber bajado con mi hermana mayor a la heladería del pueblo de El Perelló (y que todos allí conocemos como “la Jijo”) en pijama. Era veranito, y no le veíamos mucha diferencia a ir en pijama o camiseta y pantalón a la calle en una época del año, además, en la cual todas las mujeres vamos en bragas y sujetador acuáticos (o sea biquini) a la playa. Pero fue un destarifo, y nos reímos muchísimo, como lo fue también el día que mi padre bajó a comprar al mercado con el delantal puesto (era muy despistado y olvidó quitárselo) y unos zuecos de madera, modelo farmacéutico, tintados en negro. Es fundamental que el destarifo en cuestión te haga, al menos, sonreír, porque ya sea vestido de verbo, adjetivo, nombre o adverbio,  trae a la memoria una idea alocada y muy local de nuestra tierra.

Da verdadero gusto usar este concepto y a mí, en particular, me recuerda a la imagen más tierna de mi madre, así que no he podido encontrar mejor título para mis aventuras blogueras. Por cierto, el primer destarifo del blog es mi foto de fallera embarazada de 8 meses (por Fran de Sousa). Cuanto más la veo, más destarifada me parece esta imagen.

(1) Caro

(2) Horteras y caras