Apuntes de Corea (del Sur, mamá) – Entrega 3

¡Annyo seyo (hola) a todos de nuevo!

Esta mañana hemos dejado Jeonju para venir a Mokpo, una ciudad de pescadores situada al suroeste de la península coreana.

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Ciudad portuaria “a manta”.  Mokpo olía a pescado hasta encerrada (yo) en el baño de la residencia de la universidad, a 19km del mar.

Del viaje en coche -nos han traído los coreanos de la universidad a todo el grupo en sus Kias y Hyundais- os puedo contar poco, porque me he hecho una ‘caboleta’ (siesta con rotura de cuello) al más puro estilo Marruecos y me he sobado dos horas.  Samuel ídem, por cierto. Habrá sido culpa del ‘abundante’ desayuno coreano que nos llena el estómago cada mañana a base de algas y arroz. Nada más llegar a la universidad  (que está a 19 km de la ciudad o a un tiro de piedra) nos han llevado, sin bajar siquiera las maletas, a comernos el lunch. Me ahorro el número de platos pero todo tenía muy buena pinta y a Samuel le ha encantado casi todo. La mala pata es que eran las doce de la mañana y no he podido comerme el filete de cerdo en salsa con arroz, algas, nabos picantes, ensaladas, noodles con verduras y un largo etcétera. A la próxima me lo pienso comer sea la hora que sea y tenga o no hambre, porque hasta las 20.00h no he podido probar bocado.

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Almuerzo a las 12:00h. Mejor comer, nunca se sabe cuándo va a ser la próxima.

De la comida nos han llevado a una sala a ver el horario de las charlas y yo, disimuladamente, he ido a buscar a uno de los organizadores coreanos para preguntarle cómo ir a la ciudad, si en avión, tren, o directamente en concorde. Al final, por primera vez, yo he sido ‘encalomada’ a dos estudiantes para que me llevaran a la ciudad. Ellos, muy sonrientes y sin decir ni hello en inglés, me han invitado a subir en su… ¡muy bien! en su Kia rojo y me han dejado, igual de risueños que han salido, en un lugar de la ciudad cerca del mar. Allí me he quedado con mi mochilita, mi guía y los 40 grados, eso sí, haciéndome compañía cada segundo. Pero soy una chica con suerte y, después de otear un poco la zona, he visto una Tourist Info a 50 metros justo al otro lado de la calle. Mi suerte no era tanta cuando he visto que estaba cerrada, así que me he quedado mirando el típico mapa de la ciudad con colorines y un círculo rojo que dice: Usted está aquí. Al rato ya iba directa a perderme por la ciudad cuando me gritan desde el otro lado de la calle: -Annyio seyo! gammando’ seyo! Y yo: – ¿quéeeeeeeeeeeeee? Y me veo a un coreano de entre 100 y 157 años, sin dientes -ni ojos-, emocionado porque una turista había tocado a su puerta desde los albores del siglo XII. Yo, igual de emocionada, le digo que sí que, por favor, quería información de la ciudad. Total, que me da un mapa de Mokpo y me dice:  -Ok?? I nooo speak english, only corean, japanese and chinese, but you veeeeeeeery beautiful!!! Y yo: Kop ma su nida (gracias) y bye-bye! ¿Se puede ser más bonico y extraño a la vez?

Ya tenía un mapa de la ciudad -aunque en la guía de Corea también había uno-  detallado y con colorines y todo. Mi intuición me llevó a una montañita al lado del mar donde he encontrado unas rocas muy chulas, erosionadas por el mar y el viento año tras año y que tenían formas muy curiosas, como de Mr. Potato con sombrero, más o menos. He paseado por allí, con la humedad y el calor, y al volver de la montaña por donde había venido ¿a quién me encuentro? ¡a Kim Wang Jung! Uno de los estudiantes que me había traído a la ciudad un par de horas antes que regresaba a su casa. Muy agradable, el chico se ha ofrecido a llevarme donde quisiera y ya puestos me he lanzado en plancha a su Kia, más pensando en el aire acondicionado que en ir a ningún sitio. Como no nos entendíamos mucho, o más bien nada, le he señalado en el súper mapa de mi amigo milenario el Fishmarket para que me llevara. Por su cara de asco y cómo gesticulaba, supongo que intentaba decirme que olía mal, pero él no sabe lo entrenada que estoy después de Egipto y Marruecos, así que me he empeñado asintiendo enérgicamente y lo he conseguido ¡ueeeeeee!

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Mi amigo Kim Wang Jung, un poco más tímido y me habla a los pies. Lo mío me ha costado sacarlo en una foto en semejante pose.

No me arrepiento para nada porque ha sido una experiencia única, pero después de ver a los pescadores en los barcos, las mujeres tejiendo redes con las manos y el mercado de pescado, no puedo decir más que la Corea del Sur de Samsung, LG, Hyundai y Kia es sólo eso, una parte de la península. Pero en absoluto es la única realidad porque os digo que las condiciones de vida de estas personas y lo que reflejaban sus caras no eran precisamente el uso de las últimas tecnologías en telecomunicaciones y electrónica y empleaban los mismos utensilios de pesca, probablemente, que en cualquier pueblo marinero de España; no de ahora sino de hace cincuenta años por lo menos (esta vez sin exagerar ni un pelo).

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Disimulando que iba a vomitar todo el arroz y las algas del viaje por el olor a pescado, pero feliz de saber que no todo es Samsung y LG en Corea del Sur. Me gustó tanto que volví con Samuel al día siguiente. 

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Mokpo en estado puro.

Mi amigo coreano, a pesar de no ser un libro abierto en inglés, ha resultado ser muy expresivo y simpático y me ha hecho un auténtico tour por toda la ciudad. Al final de la tarde me ha dejado en la zona así más comercial de la ciudad y se ha ido con sus amigos. Yo, encantada me he quedado dando vueltas en busca de “Todo a 1.000.000 de wones” para comprar cositas de regalo, chorradas y tal, que es lo que a mí me gusta. Entonces me ha llamado Samuel para decirme que iban ya hacia el restaurante a cenar y yo me he cogido mi taxi, con mi papelito escrito en coreano y la dirección a la que había que ir, y me he plantado allí. Lo malo es que he llegado casi una hora antes porque se han perdido ellos viniendo, pero me he sentado en el quicio de la puerta del chino donde íbamos a cenar y he abierto mis ojitos de europea para no perder detalle de lo que pasaba por delante de ellos. Después hemos cenado, -nada que ver con los chinos de España, por cierto- la cosa ha empezado mal pero ha acabado muy bien, porque los cuatro últimos platos me los he zampado y me han sabido a cielo con nubes blancas y sol de primavera con flores de loto. De los primeros no puedo decir lo mismo porque… ¡nos han servido babosa en salsa! y Samuel se la ha comido como un rey, estoy alucinada y admiro su valentía. Pero es que le ha gustado y todo, admirable este señor.

En fin, y después de llenar el buche por primera vez en el día, a las 21:00h he dado un paseo con el letón por el puerto mientras Samuel veía perder a Corea del Sur 4-1 frente a Argentina en el mundial. Y en la próxima entrada más Corea.

Apuntes de Corea (del Sur, mamá) – Entrega 2

Disculpad la demora de dos años y cinco meses (ay, mare ¡qué destarifo de blog!), pero no estaba muerto. Es más, de cara al domingo de Resurrección ¡ha vuelto a la vida! Pero es que me cuesta encontrar el momento del día para respirar, así que la dedicación a este pequeño rincón de destarifos se me queda escaso, muy escaso.  Pero ahora todo eso va a cambiar porque me he destarifado (aún más), y quiero dedicarle tiempo a una de las cosas que me hacen feliz: escribir sobre lo que me da la gana.

Y aquí estoy con la segunda entrega de mis apuntes de Corea del Sur. Espero que os resulten útiles, o al menos curiosos.

Junio de 2010 – Jeonju 

Ayer por la mañana conocimos a Han, el profesor que ha invitado a Samuel a venir a dar clases a la Chonbuk National University. Nos pareció un chico muy amable,  de unos 35 años, tímido y bien vestido. Días después supimos que en realidad tenía 50, pero es que los coreanos se conservan estupendamente. Algo tendrá que ver su alimentación y su alergia al sol, digo yo. Se quedó alucinado cuando le dimos las dos botellas de Rioja, los paquetes de jamón serrano y el lomo embuchado que le trajimos. Hacía muchas reverencias y sonreía de lóbulo a lóbulo de las orejas.

Después del suculento desayuno a base de arroz blanco, carne en salsa picante, encurtidos varios, pescado y nabo -del que tomé dos panecillos y sandía, y Samuel varias cosas por identificar-, Han nos ofreció un tour por el campus universitario  en su Hyundai. Luego supimos por qué íbamos en coche y no andando. Y claro, nos tuvimos que tragar el paseíto a les nou del matí, sonrientes y sin que se nos notaran los dos días sin dormir. A la excursión se unieron otros dos profesores invitados que Samuel ya conocía de otros congresos, y a mí hasta me sonaban: un checo de 56 años, bastante simpático para ser checo, por cierto, y un letón muy mayor, con Parkinson avanzado y aspecto desaliñado, que era encantador.

La visita al campus fue en coche porque no podía ser de otra manera, es una ciudad tal cual.  De hecho, se suponía que iba a durar una hora y acabamos a las 13:00, reventados de subir y bajar al coche 2.599 veces y de entrar y salir de los 23.678 edificios. Todo esto acompañado de una temperatura de 40 grados y una  humedad del 99 por cien, por lo menos. Entonces, fuimos a comprar algo rápido de comer al supermercado de la ciudad-campus, y cada uno hizo un poco de marcha hasta las 14:30h, que Samuel tenía que dar sus clases.

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Samuel hablando de métricas fuzzy a los coreanos. Un tema que me apasiona.

Ellos se encerraron en sus habitaciones respectivas (a pensar fórmulas suponemos), mientras  Samuel y yo aprovechamos la escasa hora y media para irnos disparados en taxi al barrio antiguo y dar un paseo por allí. No nos dio tiempo de mucho, vimos un mercadillo de comida -que ríete tú de los olores de Marruecos- donde para espantar las moscas del pescado tenían una especie de ventiladores con palillos largos (todo un detalle). Luego callejeamos por el Hanok (barrio de casas tradicionales coreanas) hasta que encontramos un templo con sombra para sentarnos a comer nuestros sandwiches de alga y arroz. Están buenísimos, por cierto, los venden por 500.000 wones (o sea 60 cts de euro) en todas partes y hay de mil rellenos, entre ellos uno picante que si te toca… mejor tener un litro de agua cerca, o mueres. Tras el ágape, Samuel cogió otro taxi (son súper baratos, 2 millones de wones hasta la universidad que está en la otra punta, o sea 2 euros y medio) y yo me quedé a pasar la tarde por el centro de Jeonju.

Primero subí a la montaña para ver un templo que ponía en la guía y alucinad con lo que me encontré: una comisaría de policía en medio del monte, ahí entre los templos.

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Allí estaban todos los polis a la fresca, bajo los árboles o sentados dentro del templo, jugando a una especie de ajedrez con letras coreanas. Para flipar. Creo que es más probable que comamos perro en este viaje que que pase algo en esta ciudad. ¿De verdad se dejan los coches en marcha con las llaves puestas, las bicis por ahí sin candar y alquilan móviles? Otro mundo. Total, que después de las vistas del barrio desde la montaña y hacer unas fotitos, me fui a buscar unas calles que dice la guía que hay que visitar:

-La Wedding Street o ㅜㅗㄹ우처ㅗ층나 , donde los coreanos compran todo lo que necesitan para casarse en una sola calle. Hay trajes de novia, tiendas solo de anillos, agencias de viaje, fotógrafos… Una risa, la verdad.

-La Film Street o ㅠ초ㅑ츄ㅝㅇㄴ춘, llena de teatros, cines, tiendas de pelis y una especie de hoteles muy raros donde se supone que vas a ver una peli y la alquilas por horas (sí, es muy raro y a saber lo que hacen ahí dentro).

-La Youth Street o ㅠ초ㅓ댜츕;츕ㅊㅂ, que es un barrio entero de tiendas de ropa, zapatos, móviles, accesorios, comida y chorradas, sobre todo chorradas -y lo que más me gustaba a mí- . Pues  en plan llaveritos, colgantitos para el móvil de 45.000 clases, muñequitos, pegatinas, bolis de nubecitas…todo muy, muy POP ;D

Bueno, el caso es que pasé la tarde muy bien por allí paseando y sin perderme ni un detalle.
Luego volví en taxi a la universidad y fuimos a cenar con la panda de la que os he hablado. Fue muy gracioso, porque Han pronuncia bastante mal el inglés y nos decía: –Do you like dok? dok?

Y yo: –We are not very used to eat dog but if it’s the specialty from Jeonju. Y él se moría de risa: -No, no no dog. Dok! O sea duck (pato).

Total que de nuevo nos sacaron 46.987 millones de platitos, y pato.

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Después de cenar ya dimos un paseo por el barrio de las tiendas y Samuel y yo nos hicimos pegatinas con nuestras caras -le obligué al pobre- y las decoramos con las máquinas rollo manga (como las que había en Japón que me encantan,) y luego nos fuimos a dormir.

La tercera en breve, antes de dos años. ¡Lo prometo!

Apuntes de Corea (del Sur, mamá) – Entrega 1

 

Esta entrada se la dedico al  verano de 2010 porque fue increíble. En marzo de ese año nació mi primer sobrino, el primer hijo de mi hermana y nieto de mi madre ¡menuda alegría! Babas por doquier, mías por supuesto, y de toda la familia allá donde el niño fuera. Verlo crecer, desde que llegó al mundo con sus ojitos azules medio abiertos, era (y sigue siendo) uno de los regalos más bonitos que nos ha hecho la vida; es un amor. Precisamente ese primer verano de mi sobrino, hicimos un viaje a más de 10.000 kilómetros de El Perelló, que es donde suelo estar en vacaciones. A Samuel le invitaron a dar clases en la Universidad Nacional de Chonbuk, situada en la ciudad de Jeonju. Al ladito de Sueca también vamos.

 

El caso es que allá que nos fuimos los dos y, cómo no, aprovechamos para hacer un recorrido por la península y visitar todo lo que pudiéramos: Jeonju, Mokpo, la isla de Jeju (el Hawaii coreano) y Seúl, fueron nuestros destinos por ese orden. Durante la visita fui escribiendo mis impresiones cada varios días y se las enviaba a mis amigos, a los padres de Samuel, a mi madre etc. Hoy me he encontrado esos correos buscando otra cosa, que nada tenía que ver,  y se me ha ocurrido que igual era buena idea compartirlos aquí, por si  blogueros viajeros o curiosos de la cultura oriental querían echarles una ojeada.

Esta es la primera entrega de mis apuntes de Corea (del Sur, mamá), porque cuando le dije que nos íbamos allí lo primero que me contestó fue que cómo nos iban a dejar entrar, o peor ¡salir!, si aquello era una dictadura. Espero que os gusten. A mí me ha encantado releerlos porque rememoro todo al detalle. ¡Pero cómo se olvidan las cosas en tan poco tiempo!

Junio de 2010

Han pasado casi veinticuatro horas desde que llegamos y aún no nos hemos acostumbrado a nada. Es todo tan diferente (y eso que estuvimos en Japón), pero es que es otro mundo, de verdad. Nada más llegar nos alquilamos un móvil coreano (aquí es bastante normal alquilar móviles, en vez de comprarlos) para estar comunicados, porque los españoles no funcionan directamente. Así, pudimos contactar con el profesor que invitó a Samuel a dar clases en la Universidad de Chonbuk y también es una manera de estar conectados nosotros. Cuando Samuel esté en la universidad y yo me vaya por ahí, luego me llama desde una cabina para quedar y listo. Los coreanos, fuera de la universidad, hablan cero inglés y los que lo hacen es ininteligible.  Encima el coreano es un idioma imposible, y para decir hola o gracias te tienes que aprender un chorizo que cuando te acuerdas el camarero ya se ha ido. Con lo cual, aunque lo intentes, siempre pareces maleducado.

Por lo demás, hace un calor húmedo que asfixia, aunque refresca por la noche, y la primera ciudad, Jeonju (en la que estamos hasta el jueves), está llena de contrastes; sobre todo por lo rápido que se pasa de la pulcritud a la porquería, por no decir alguna palabra malsonante. Estamos alojados en la residencia de la universidad donde todo está muy limpio, pero huele a rancio y la colchita de la cama, de flores rosas, no nos atrevemos a tocarla ni con un palo. Las calles no tienen una sola acera, solo hay Hyundais y Kias y se ven millones de comercios de colores y carteles manga que no sabes ni lo que venden, pero entrarías en todos. En eso se parece a Japón, que te crees tú que venden helados y luego es un burdel.

¿Vendrán helados o cuerpos?

¿Venderán helados o cuerpos?

Ayer por la tarde, después de la paliza del viaje, nos fuimos al Hanok (barrio antiguo de casas tradicionales coreanas) y nos fascinó.

Vistas de la ciudad desde el Hanok (barrio antiguo)

Vistas de la ciudad desde el Hanok (barrio antiguo)

Cenamos allí en una de las casas que parecen mini templos y nos sirvieron lo que les dió la gana en unos mini platitos que ocupaban toda la mesa, unos 55 contamos en total. Era todo de colorines, precioso, decorados, pero nos gustaron tres, creo. Resulta que nada estaba lo suficiente malo como para no comértelo, pero no lo suficientemente bueno como para repetir, así que probabas un poco de cada uno y cuando llegabas al 50 decías ¿y ahora?.  Al final acabamos comiendo algas con arroz, el sustituto del pan en España, vamos. Lo divertido fue que había una mesa de 30 coreanos -imaginad la cantidad de platitos que les sirvieron a ellos- cenando en la sala de al lado y les pregunté si podía hacer una foto a su grupo; total que uno de ellos, encantado de la vida, se puso a bendecirla o algo así (lo deduje por su tono y la atención que le prestaban los demás), y luego todos se pusieron a brindar con -lo que luego nos enteramos que era- un licor de jengibre parecido al orujo, pero mucho más suave. El maestro de ceremonias, chispado por el calor de la bebida, se nos unió a la mesa, nos invitó al licor, y nos hizo probar también un vino de arroz muy lechoso, denso y dulce que nos bebimos por educación aguantando a duras penas las arcadas. Era tan bonico el hombre, ¡y además hablaba inglés! Luego resultó ser un profesor de la misma Universidad, y que conocía al otro profesor que ha invitado a Samuel. Total que nos hemos dado los teléfonos coreanos para vernos hoy en la charla, a la que quiere asistir.

Parte de nuestros 55 platitos

Parte de nuestros 55 platitos

Los 30 coreanos y sus 1000 platitos

Los 30 coreanos y sus 1000 platitos

Después de la cena nos sacaron una bebida de canela que se quedó enterita en la mesa y nos vinimos a la residencia a descansar. El caso es que con el cambio horario nos acostamos a las 21 y a las 3 del matí ya estábamos con ojos como platos: Samuel viendo la fórmula 1 y yo mirando el correo en el ordenador.

Continuará…

 

“Eso es un destarifo, María”

Toda la vida escuchando esta palabra en boca de mi madre cada dos minutos…  había de ser ella la que diera nombre a mi ansiado, y ya querido, blog.  Tanto la una (la palabra destarifo) como la otra (mi madre), se merecen un pedestal, y por eso he querido homenajearlas a las dos, aquí y ahora. ¡Os quiero!

Pero, ¿qué es un destarifo? Para empezar, es un término valenciano muy utilizado en nuestros pueblos, o por lo menos en los que yo más conozco: Sueca y El Perelló. No está en la RAE ni saldrá de la boca de nadie que no haya vivido unos cuantos años en “la terreta”, aunque hay por aquí algún granadino adoptado que la emplea habitualmente ya en su vocabulario. Me encanta utilizarla, y a menudo hasta abuso de ella, pobrecita, la tengo machacadita… pero es que ¡es tan graciosa! Bueno, no mareo más, un destarifo es algo fuera de lo normal: alocado, descabellado, a veces irracional y otras absurdo; casi siempre descabezado, algunas incoherente y muchas otras desordenado, probablemente irreflexivo y seguro que  la mayoría disparatado, extravagante e insensato. Si observamos bien la palabra, descubriremos fácilmente de dónde viene. Tarifar equivaldría en castellano a aplicar una tarifa a algo, calcular su valor, y es una palabra heredada del árabe andalusí; si le añadimos el prefijo negativo des-, lo que hacemos es darle a la palabra una connotación muy precisa. A saber, cuando los precios de las mercancías se salían de lo normal, por elevados, se decía en valenciano que eran absurdos, exagerados o destarifados. Así pues, se trata de un término lleno de ironía al que tengo un cariño muy, muy especial.

Destarifados podrían ser una idea, una acción, un hecho, una persona o un comentario. Claros ejemplos de su significado, son las interminables colas que hay en las tiendas de Tous o de Nespresso ¿disculpppppp? eso para mí, señoras y señores, es un auténtico destarifo, y jamás emplearía un minuto de mi tiempo en ellas, ¡que venden café (1) y joyas (2), por favor, no boletos  premiados de lotería! Por otra parte, también hay personas destarifadas, claro. Yo conozco unas cuantas, entre las que me incluyo, pues todos y todas hemos tenido un momento, etapa o situación en la que, para sufrimiento de nuestros padres, nos hemos destarifado. Podríamos decir: “En mi adolescencia, yo estaba bastante destarifada”, lo que equivaldría a rebelde, alocada, insurgente, desobediente o rebotada.

Un destarifo que recuerdo con ternura, es haber bajado con mi hermana mayor a la heladería del pueblo de El Perelló (y que todos allí conocemos como “la Jijo”) en pijama. Era veranito, y no le veíamos mucha diferencia a ir en pijama o camiseta y pantalón a la calle en una época del año, además, en la cual todas las mujeres vamos en bragas y sujetador acuáticos (o sea biquini) a la playa. Pero fue un destarifo, y nos reímos muchísimo, como lo fue también el día que mi padre bajó a comprar al mercado con el delantal puesto (era muy despistado y olvidó quitárselo) y unos zuecos de madera, modelo farmacéutico, tintados en negro. Es fundamental que el destarifo en cuestión te haga, al menos, sonreír, porque ya sea vestido de verbo, adjetivo, nombre o adverbio,  trae a la memoria una idea alocada y muy local de nuestra tierra.

Da verdadero gusto usar este concepto y a mí, en particular, me recuerda a la imagen más tierna de mi madre, así que no he podido encontrar mejor título para mis aventuras blogueras. Por cierto, el primer destarifo del blog es mi foto de fallera embarazada de 8 meses (por Fran de Sousa). Cuanto más la veo, más destarifada me parece esta imagen.

(1) Caro

(2) Horteras y caras